La morosidad en préstamos personales y tarjetas de crédito se dispara

  • La morosidad de los créditos a familias alcanza máximos históricos desde que hay registros del Banco Central.
  • Los mayores problemas se concentran en préstamos personales y tarjetas de crédito, con ratios cercanos al 10%.
  • El encarecimiento del crédito y la pérdida de poder adquisitivo de los salarios explican gran parte del aumento de los impagos.
  • Mientras los hogares sufren más tensión financiera, las empresas muestran una morosidad menor pero en tendencia ascendente.

Evolución de la morosidad en préstamos y tarjetas

La morosidad en los préstamos personales y en las tarjetas de crédito se ha convertido en uno de los termómetros más claros de la tensión financiera que atraviesan los hogares. Cada vez más familias llegan a fin de mes recurriendo al crédito al consumo, refinanciando saldos o directamente dejando cuotas sin pagar, lo que ha disparado los niveles de impago a cifras sin precedentes en más de una década.

Los últimos datos del Banco Central muestran que el porcentaje de créditos familiares en situación irregular no deja de crecer mes a mes. El deterioro se concentra de forma muy marcada en los productos más habituales para cubrir gastos corrientes, como préstamos personales y tarjetas, mientras que otros segmentos como las hipotecas mantienen, de momento, un comportamiento mucho más estable.

Récord de mora en los créditos a familias

Aumento de la morosidad en tarjetas y préstamos personales

Según el último Informe sobre Bancos del Banco Central, el índice de irregularidad de los préstamos a familias alcanzó alrededor del 7,8% del total financiado, el nivel más alto desde que se iniciaron los registros en 2010. Este repunte no es puntual: encadena diez a doce meses de subidas consecutivas, lo que refleja una tendencia de fondo preocupante en la capacidad de pago de los hogares.

En términos interanuales, la morosidad familiar ha escalado más de 5 puntos porcentuales, pasando de niveles en torno al 2,7%-3,3% a este nuevo techo histórico. Esto significa que, en muy poco tiempo, se ha más que duplicado e incluso triplicado la proporción de créditos en los que se acumulan atrasos superiores a 30 días.

Si se amplía la mirada a todo el sector privado —es decir, sumando hogares y empresas—, el ratio de créditos en situación irregular ronda el 4,5%-7% del stock total, dependiendo del corte temporal y de la metodología de cálculo. En cualquier caso, se trata también de los registros más elevados de los últimos años, tras una racha de hasta diez meses de incrementos continuos.

El contraste entre hogares y compañías es notable: mientras las familias soportan una mora cercana al 8%-10%, el crédito a empresas registra tasas bastante más contenidas, en torno al 1,9%-5,6%. Aun así, en el segmento corporativo también se observa una tendencia alcista que los bancos vigilan con atención.

Préstamos personales: casi uno de cada diez en problemas

El foco de mayor tensión se sitúa en los préstamos personales, un producto muy extendido para financiar gastos cotidianos, pequeñas reformas, estudios o tapar otros agujeros financieros, una situación que lleva a muchos a preguntarse cómo saber si están en ASNEF. De acuerdo con los datos del Banco Central, la morosidad en este tipo de créditos roza el 9,9%-10,1% de la cartera, lo que implica que prácticamente uno de cada diez préstamos personales presenta algún tipo de atraso significativo.

En apenas un año, la tasa de impago de estos préstamos se ha disparado desde niveles próximos al 3,3% hasta el entorno del 10%, lo que supone una subida de más de 6 puntos porcentuales. En algunos tramos o regiones, como ciertas áreas metropolitanas, los porcentajes son aún más elevados, consolidando a los personales como el segmento de consumo con peor comportamiento.

Este deterioro coincide con un período en el que el crédito al sector privado se ha expandido con fuerza, tras años de retracción. Algunos economistas apuntan que, al duplicarse el volumen real de préstamos, los bancos han extendido la oferta a perfiles de mayor riesgo, lo que, inevitablemente, acaba reflejándose en ratios de mora más abultados.

La situación es especialmente delicada para quienes han recurrido de forma reiterada a este tipo de financiación para complementar ingresos insuficientes. Cuando las cuotas se encadenan con tipos de interés elevados y los salarios no acompañan, la probabilidad de retrasarse en los pagos aumenta de manera notable.

Tarjetas de crédito: suben los atrasos en los pagos del día a día

Las tarjetas de crédito, utilizadas a menudo para llegar a fin de mes o afrontar imprevistos, también muestran un claro empeoramiento. La mora en el pago de los saldos de tarjeta ha escalado hasta situarse alrededor del 7,7% del total financiado, tras encadenar muchos meses de incrementos sucesivos.

Antes de este último repunte, el porcentaje de retrasos en tarjetas se movía en torno al 1,7%-2%, por lo que el salto acumulado ronda 6 puntos porcentuales. En la práctica, esto significa que cada vez más usuarios optan por refinanciar el saldo, pagan solo el mínimo o, directamente, dejan de abonar la cuota, asumiendo intereses muy superiores a la inflación prevista.

La mecánica es conocida: con salarios que se quedan cortos frente al aumento del coste de la vida, muchas familias tiran de tarjeta para compras básicas, facturas o incluso alquileres. Cuando la bola de deuda crece y las entidades aplican tipos de interés elevados, la carga financiera se vuelve difícil de sostener y se dispara la probabilidad de impago.

En paralelo, algunos bancos han comenzado a endurecer los criterios de concesión, reduciendo límites o analizando con más rigor la capacidad de pago, precisamente por el empeoramiento de los indicadores de calidad de cartera en este segmento tan sensible, recuperando medidas como el débito automático para cobrar préstamos.

Hipotecas y préstamos con garantía: más estables, pero bajo vigilancia

Frente al deterioro en los créditos al consumo puro, los préstamos con garantía real, como hipotecas y créditos prendarios, muestran de momento un comportamiento algo más contenido, aunque también con señales de tensión en algunos nichos concretos.

En el caso de las hipotecas, la morosidad se mantiene en torno al 1% del total, tanto en la cartera tradicional como en los préstamos referenciados a indicadores de precios. Es el único segmento donde los ratios permanecen relativamente estables en el tiempo, lo que sugiere que, pese al contexto económico complejo, la vivienda sigue siendo la última obligación que las familias dejan de atender.

Los créditos prendarios —aquellos que se conceden con bienes muebles como garantía, por ejemplo vehículos— presentan una situación algo más delicada. El índice de irregularidad se sitúa alrededor del 4,8%, máximo para la serie iniciada en 2010, con incrementos superiores a 1 punto porcentual en el último año.

Si se considera únicamente la cartera prendaria ajustada por índices de precios, la morosidad familiar puede llegar a superar el 6%, lo que refleja un mayor estrés en productos donde la cuota puede haberse encarecido con la inflación. Aun así, el principal foco de preocupación para el sistema financiero sigue siendo el crédito al consumo sin garantías reales.

La presión de los tipos de interés y la pérdida de poder adquisitivo

Uno de los factores clave detrás del aumento de la morosidad es el coste del dinero. Durante buena parte del periodo analizado, la tasa nominal anual de los préstamos personales se situó en torno al 83%, un nivel muy elevado que encarece sensiblemente cualquier financiación destinada a consumo.

Tras unos meses marcados por una fuerte volatilidad financiera y procesos electorales, las tasas de interés se han moderado algo, bajando en algunos casos hasta la zona del 66,5%. Sin embargo, siguen estando en niveles que superan con creces la inflación esperada, por lo que el esfuerzo para devolver las deudas continúa siendo muy significativo para buena parte de los hogares.

En paralelo, los salarios reales se han estancado o han caído en muchos segmentos del mercado laboral. La combinación de sueldos que no crecen al ritmo del coste de la vida, empleo precario y trabajos informales o a tiempo parcial hace que una proporción creciente de la población dependa del crédito para sostener su nivel de consumo básico y eleve su ratio de endeudamiento.

Algunos análisis apuntan también a la expansión del crédito como parte de la explicación. Al haberse duplicado el volumen real de préstamos al sector privado respecto a los mínimos de años anteriores, el sistema ha ido incorporando prestatarios con mayor riesgo de impago, algo que tiende a reflejarse en los indicadores de morosidad con cierto retraso.

Diferencias entre hogares y empresas en el acceso y el pago del crédito

Aunque el repunte de la morosidad afecta tanto a familias como a empresas, el impacto está siendo claramente más intenso en el ámbito de los créditos a personas físicas. En los hogares, la mora se mueve en niveles que rondan o superan el 8%-10%, mientras que en las compañías se mantiene en cifras sensiblemente inferiores.

En el caso empresarial, la irregularidad de pago en el crédito total se sitúa en torno al 1,9%-5,6%, según el tipo de préstamo y el momento de referencia. Las subidas se han concentrado sobre todo en productos como los préstamos prendarios y ciertas líneas de financiación de corto plazo —por ejemplo, adelantos y documentos—, que son muy utilizadas para cubrir necesidades de tesorería.

Por sectores, la construcción aparece como una de las actividades con mayores dificultades de pago, con ratios de mora superiores a la media, mientras que otros ámbitos como el sector primario o los servicios públicos muestran niveles de impago más contenidos.

También se observan diferencias por tipo de entidad financiera. Los bancos privados nacionales tienden a concentrar indicadores de mora más altos, en tanto que las entidades extranjeras suelen exhibir carteras algo más saneadas. Los bancos públicos, por su parte, acostumbran a registrar una morosidad menor en los créditos a individuos, aunque con particularidades según cada mercado.

Qué puede ocurrir con la morosidad en los próximos meses

El aumento de los impagos en préstamos personales y tarjetas de crédito se produce tras una etapa de fuerte expansión del crédito y de tipos de interés muy elevados. Ahora, con un coste del dinero algo más bajo pero todavía alto, el sistema financiero se mueve en un equilibrio delicado entre mantener el flujo de financiación y evitar un deterioro excesivo de la calidad de sus carteras.

Algunas entidades han optado por restringir parte de su oferta o endurecer los requisitos para conceder nuevos créditos al consumo, mientras que otras siguen apostando por mantener el negocio, pero con una vigilancia mucho más estrecha sobre el comportamiento de pago de los clientes y aplicando el nuevo código de buenas prácticas bancario.

La evolución futura de la morosidad dependerá en buena medida de factores como la dinámica del empleo, la negociación salarial, la estabilidad de la inflación y el rumbo de las políticas monetarias y fiscales. Si los ingresos de los hogares siguen por detrás del coste de la vida y el crédito continúa siendo caro, es razonable esperar que los ratios de impago sigan en niveles elevados o incluso puedan escalar algo más, y en casos extremos desembocar en procesos como el embargo sin notificación formal.

La fotografía actual es la de un sistema financiero que, pese a mantener cierto margen para expandir el crédito —sobre todo si se compara con otros países de la región donde la relación entre préstamos y PIB es bastante mayor—, se enfrenta a mayores riesgos en los segmentos de consumo. Para muchas familias, la tarjeta y el préstamo personal han dejado de ser un simple apoyo puntual y se han convertido en una muleta permanente; cuando la economía no acompaña, esa dependencia se traduce en más retrasos, refinanciaciones forzosas y morosidad creciente, y para algunos hogares la alternativa ha sido recurrir a créditos entre particulares.

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