El Gobierno renuncia a 60.000 millones de los préstamos europeos y reordena el Plan de Recuperación

  • España dejará sin solicitar unos 60.000 millones de euros en préstamos de los fondos Next Generation y se centrará en las subvenciones a fondo perdido.
  • El Plan de Recuperación se reduce de unos 163.000 a unos 103.000 millones, con 22.800 millones en créditos y cerca de 80.000 millones en transferencias.
  • La nueva adenda simplifica más de 160 hitos, relaja compromisos legislativos y mantiene exigencias clave como la subida del impuesto al diésel.
  • La financiación de las inversiones se apoyará más en el Tesoro y en el ICO, con mayor emisión de deuda y una “red de seguridad” nacional.

Fondos europeos y Gobierno de España

El Ejecutivo ha dado un giro importante a la recta final del Plan de Recuperación financiado con los fondos europeos Next Generation. El Consejo de Ministros ha acordado no utilizar más de 60.000 millones de euros en créditos que estaban disponibles para España, priorizando en cambio el cobro completo de las subvenciones a fondo perdido aún pendientes.

Con esta decisión, el volumen total del plan español pasa de los algo más de 160.000 millones de euros previstos inicialmente a unos 103.000 millones, al tiempo que se reordenan hitos y reformas para evitar choques políticos en el Parlamento y apurar los plazos que marca Bruselas, que terminan entre agosto y diciembre de 2026.

Cuánto dinero se deja de pedir y cómo queda el Plan de Recuperación

España podía disponer de hasta 83.000 millones de euros en préstamos reembolsables procedentes del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia, además de unos 80.000 millones en transferencias que no hay que devolver. El Gobierno ha optado por limitar la solicitud de créditos a 22.800 millones, lo que supone renunciar a alrededor del 70%-75% de esa parte prestable, es decir, a más de 60.000 millones de euros.

Tras este recorte, el tamaño global del Plan de Recuperación español se sitúa en torno a 103.000 millones de euros, frente a los unos 163.000 millones iniciales. La parte de subvenciones se mantiene prácticamente intacta: España conserva el objetivo de aprovechar la totalidad de los cerca de 80.000 millones de ayudas directas, de las que ya se han recibido alrededor de 55.000 millones (en torno al 70% del total asignado).

El Ministerio de Economía detalla que en la nueva programación sólo se pedirán 6.500 millones de euros en préstamos en el próximo año, dentro de esos 22.800 millones totales, ajustando así el perfil de endeudamiento al calendario realista de ejecución de proyectos.

Este replanteamiento se remite a Bruselas mediante una nueva adenda al Plan de Recuperación, que el Gobierno considera ya la versión definitiva para el tramo final del programa, y que debe recibir el visto bueno formal de la Comisión Europea y, posteriormente, del Consejo.

La explicación oficial: coste de la deuda y buena marcha de la economía

El ministro de Economía, Carlos Cuerpo, ha justificado la renuncia masiva a los créditos europeos por motivos principalmente financieros. Según sus palabras, la diferencia de coste entre endeudarse con Bruselas o en los mercados se ha difuminado gracias a la mejora de la posición de España ante los inversores.

En los plazos largos, como los 20 años de vida media típica de los préstamos europeos, el Tesoro se financia ya prácticamente al mismo tipo que la Comisión Europea, e incluso con ligeras ventajas en algunos tramos. Esto lleva al Ejecutivo a concluir que no tiene sentido cargar la contabilidad con más préstamos europeos si el coste es muy similar al de la deuda nacional, pero con mucha más burocracia asociada a los hitos del plan.

Cuerpo ha resumido el cambio con una frase que marca el enfoque de esta nueva etapa: se pasa de “una red de seguridad europea a una red de seguridad nacional”. Es decir, los instrumentos financieros vinculados al Plan de Recuperación seguirán existiendo, pero se apoyarán sobre todo en financiación propia del Tesoro y del Instituto de Crédito Oficial (ICO), en lugar de en créditos comunitarios.

En paralelo, el Gobierno subraya que España ha logrado una reducción de la prima de riesgo y mejoras en la calificación crediticia por parte de las agencias de rating, algo que, a su juicio, refuerza la idea de que el país puede sostener las inversiones con deuda nacional sin necesidad de exprimir el componente prestable europeo.

Otro elemento que se tiene en cuenta es el efecto contable: si se hubiera solicitado la totalidad de los préstamos, la deuda pública habría dado un salto equivalente a varios puntos de PIB en un solo ejercicio, aun cuando el dinero se fuese gastando gradualmente a lo largo de los años.

Presión política, plazos imposibles y simplificación de hitos

Más allá de la explicación financiera, en el trasfondo de la decisión pesa la difícil aritmética parlamentaria y la falta de tiempo para ejecutar todos los compromisos del plan. Muchas de las reformas vinculadas a los créditos eran de alto contenido legislativo y, en varios casos, estaban bloqueadas en el Congreso por la ausencia de mayorías estables.

Entre los ejemplos más claros se encuentran la Ley de la Autoridad de Defensa del Cliente Financiero, que lleva meses atascada en la Cámara por la oposición de algunos socios clave, y la prometida nueva Ley del Suelo, igualmente encallada. Ambas formaban parte de los hitos a los que se asociaban desembolsos de Bruselas.

La nueva adenda introduce cambios profundos en ese mapa de compromisos: se modifican o eliminan alrededor de 160 hitos y objetivos del Plan de Recuperación. Muchos ajustes son de carácter técnico —eliminación de especificaciones redundantes, aclaración de lenguaje ambiguo, supresión de hitos intermedios—, pero también hay cambios cualitativos.

La reforma de la Ley del Suelo se sustituye por la creación de una nueva empresa pública de vivienda, ligada al antiguo Sepes o a la nueva estructura estatal para gestionar alquiler asequible, un hito ya cumplido y que ahora ocupa el lugar del compromiso legislativo original.

En el caso de la Autoridad del Cliente Financiero, el Gobierno la saca de los hitos directamente ligados a cobros europeos. La norma seguirá su curso en el ámbito nacional, pero deja de estar conectada a un desembolso específico del Plan de Recuperación, lo que relaja la presión de plazos.

Desde Economía se sostiene que esta revisión busca tres objetivos: simplificar la carga administrativa, reforzar las inversiones consideradas prioritarias —como la descarbonización y la supercomputación— y mantener el grado de ambición del plan pese a la renuncia al grueso de los créditos.

La piedra en el zapato: el impuesto al diésel

Hay, sin embargo, una condición que Bruselas no ha permitido borrar del documento: la equiparación fiscal del diésel con la gasolina. Esta subida del impuesto especial de hidrocarburos ya se intentó introducir en el paquete fiscal de 2024, pero el Congreso la rechazó y la medida decayó.

La Comisión Europea ha dejado claro que la subida del gravamen al gasóleo sigue siendo uno de los hitos que España debe cumplir si quiere recibir el 100% de las transferencias restantes. El Gobierno trabaja con un plazo límite que llega hasta finales de enero, tras la prórroga concedida en la última revisión del plan.

La medida implica un aumento de 9,36 céntimos por litro en el tramo especial del diésel, que superaría los 11 céntimos si se incluye el IVA. Para los conductores, podría traducirse en unos pocos euros adicionales por depósito; para Hacienda, el Ministerio calcula una recaudación extra de en torno a 1.400 millones de euros al año.

El retraso en su aprobación ya ha tenido consecuencias: Bruselas recortó hace unos meses casi 500 millones de euros del quinto desembolso de los fondos a España por el incumplimiento de este compromiso, junto con otros desajustes relacionados con la digitalización y el empleo público.

En el contexto actual, y con un Congreso muy fragmentado, no está nada claro que el Ejecutivo logre sacar adelante el cambio fiscal. Si vuelve a caer en sede parlamentaria, el riesgo es perder parte de las ayudas a fondo perdido que aún están en juego, algo que el Gobierno intenta evitar reordenando el resto de hitos mediante la adenda.

Inyección al ICO y refuerzo de la financiación nacional

Para suplir la falta de préstamos europeos, el Ejecutivo ha previsto un papel mucho más relevante para el Instituto de Crédito Oficial (ICO) y para la financiación directa del Tesoro. La nueva adenda contempla una dotación inicial de 13.000 millones de euros al ICO, con el objetivo de mantener vivos proyectos que originalmente estaban pensados para nutrirse de fondos reembolsables comunitarios.

Con estos recursos, el ICO podrá seguir canalizando líneas de crédito y mecanismos de apoyo al tejido productivo más allá de 2026, sin las limitaciones temporales del Plan de Recuperación europeo. La financiación nacional, sostienen en Economía, evita parte de los trámites burocráticos que impone la Comisión y da más flexibilidad para adaptar los programas a las necesidades del mercado.

En paralelo, el Gobierno ha aprobado la estrategia de financiación del Tesoro para 2026. El plan contempla mantener en 55.000 millones de euros la emisión neta de deuda, mientras que las emisiones brutas aumentarán hasta unos 285.000 millones por el volumen de amortizaciones previstas.

Entre las prioridades se incluye seguir desarrollando el programa de bonos verdes, que ya suma en torno a 16.000 millones de euros en circulación y que se ha convertido en una de las herramientas para financiar inversiones vinculadas a la transición ecológica.

Al mismo tiempo, el Estado deberá colocar en los mercados una cantidad de deuda ligeramente superior a la de este año, en torno a 285.693 millones de euros frente a los algo más de 274.000 millones finalmente emitidos en 2025. Esa mayor dependencia de la financiación propia es el reverso de la renuncia a los préstamos europeos.

Reordenación de inversiones y proyectos afectados

Una de las grandes incógnitas abiertas es qué proyectos concretos quedarán fuera del paraguas de los créditos europeos o verán recortada su dotación. Aunque el Gobierno todavía no ha detallado la lista definitiva, en los últimos meses se había diseñado una batería de programas financiados con la parte prestable que ahora tendrán que revisarse o buscar vías alternativas de apoyo.

Entre ellos figuraban instrumentos de gran calibre como los destinados al Perte Chip, las líneas ICO-Verde para financiación sostenible, el Fondo de Resiliencia Autonómica, los programas ICO-Empresas y Emprendedores o el fondo Next Tech orientado a proyectos tecnológicos de alto crecimiento. La renuncia a más de 60.000 millones obliga a replantear parte de estos esquemas.

En ciertos casos, la reordenación puede suponer recortes efectivos de la financiación inicialmente prevista o retrasos en su despliegue. En otros, la intención es mantener los proyectos cambiando su fuente de recursos, sustituyendo el préstamo europeo por emisiones de deuda nacional canalizadas a través del ICO u otros vehículos públicos.

Lo que sí ha dejado caer el Gobierno es que, con la adenda, se da prioridad a nuevas inversiones consideradas estratégicas, como los 2.500 millones adicionales para la descarbonización industrial y energética o los cerca de 300 millones de contribución al programa europeo de supercomputación, dos áreas que Bruselas vigila de cerca por su peso en la agenda verde y digital.

En este contexto, algunas voces críticas sostienen que la decisión de soltar lastre en la parte de préstamos refleja también las dificultades para movilizar al sector privado. La ejecución de los créditos venía muy retrasada, con una parte importante aún sin adjudicar pese a que el horizonte de gasto se acerca rápidamente a su final.

Ejecución, burocracia y debates sobre el impacto real

Los datos oficiales y las estimaciones independientes coinciden en señalar que la ejecución del plan avanza, pero con importantes cuellos de botella. Según el Ministerio de Economía, se han adjudicado ya en torno a 58.000-59.000 millones de euros en distintos instrumentos, aunque esto no implica necesariamente que todo ese dinero haya llegado al destinatario final.

Plataformas de seguimiento y análisis apuntan a que todavía quedan por repartir decenas de miles de millones en ayudas, muchas de ellas en forma de convocatorias en marcha o pendientes de resolución. El cambio de metodología que permite computar ciertas inversiones como ejecutadas desde el momento en que se transfieren a empresas públicas o grandes operadores también ha facilitado acelerar las cifras oficiales.

Un aspecto especialmente polémico es la distribución sectorial de los fondos. Una parte relevante de los recursos ha ido a parar a entidades y programas públicos —como gestores de infraestructuras, ministerios o gobiernos autonómicos—, mientras que el impacto directo en el tejido empresarial privado es objeto de debate. Algunas fuentes apuntan a poco interés o dificultades de acceso para muchas pymes, que se topan con trámites complejos o falta de capacidades para concurrir a las convocatorias.

Desde el Ejecutivo se defiende que la prioridad es asegurar la absorción total de las subvenciones para no desaprovechar el impulso inversor. La renuncia al grueso de los créditos se plantea así como un ajuste pragmático a la realidad de los plazos, la capacidad administrativa y el contexto político, más que como un abandono de los objetivos de transformación económica.

En cualquier caso, la nueva adenda implica que la ejecución del plan entra en una fase de máxima intensidad: debe completarse la tramitación con Bruselas, reordenar compromisos, lanzar o resolver convocatorias pendientes y, además, gestionar las tensiones parlamentarias en torno a reformas todavía sensibles como la del diésel.

El movimiento del Gobierno deja un escenario en el que se prioriza el cobro de hasta unos 25.000 millones de subvenciones que quedan por llegar, se reduce drásticamente el recurso a los créditos europeos y se desplaza el centro de gravedad de la financiación hacia el Tesoro y el ICO. Con menos margen temporal y político que en 2021, el desafío pasa ahora por convertir en proyectos concretos y efectivos cada euro que todavía está al alcance antes de que se cierre la ventana del Plan de Recuperación.

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