Toyota, el caso del pecado de crecer irresponsablemente

Durante muchos años la automotriz Toyota siempre se mantuvo entre las compañías más importantes del mundo, básicamente a costa de su profesionalismo, su seriedad y sus excelentes modelos, varios de los últimos, orientados hacia una vida más sostenible. Y cuando en los meses previos a la crisis financiera global y durante el transcurso de la misma, la número uno del planeta, General Motors, se dio por vencida, resignó su liderazgo y cayó drásticamente al punto de una quiebra definitiva.

Fue allí cuando la compañía japonesa ocupó el espacio tan deseado: la primera automotriz del mundo. Sus ventas continuaron en alza, modelos bellos, estéticas, con una motorización impecable y una alta dosis de seguridad. Además, sus modelos híbridos fueron un furor de ventas en el mundo. El crecimiento, al parecer, era muy sólido.

Sin embargo, ocurrió un detalle: fallas de seguridad en los frenos del Prius –modelo híbrido- y otros más. Esto derivó a un llamado a revisión de cientos de miles de coches y la confirmación de cientos de denuncias y algunas muertes contra la compañía por las fallas en los sistemas de seguridad de los coches fabricados por Toyota.

Tiempo después, uno de los máximos ejecutivos de la empresa reconoció el peor error de todo acto ambicioso y a cualquier costo: crecer y ganar lo más posible descuidando el producto. Toyota comenzó a crecer y vender cada vez más, y la compañía en el afán de ganar no invirtió en controlar arduamente sus sistemas de seguridad. El resultado es el de siempre: renuncias, despidos, juicios, muertes, un desplome en las ventas del 40 por ciento y, lo peor de todo, la pérdida de toda credibilidad.

Este es uno de los tantos ejemplos de crecer a cualquier costo.

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